Eran las flores más hermosas que brillaban junto a la mujer
del momento. El ramo es el símbolo de la novia. Blanca y pura como las rosas, calmada pero
decidida como las hortensias, la novia, que vestía como princesa de cuento de
hadas, parecía flotar entre pétalos mientras su marcha hacia el altar tomaba un
tono ceremonioso, casi mágico, como si no hubiese arena sino nieve.
Y mientras el atardecer avanzaba, la novia se transformaba,
como una oruga durante su encierro en la crisálida. Cada minuto, cada palabra, cada
mirada, la acercaban al culmen de su belleza. En el ocaso, un beso selló su
metamorfosis: dejaba de ser la novia para convertirse en la mitad de un nuevo
corazón.
El resto es una historia distinta, con tonos vanales e impetuosos,
adornos de un evento más profundo y místico: palabras, brindis, fotos, bailes…
Todo lo que un festejo típico latino debe tener. Sin embargo, un nuevo acto
surgía: el símbolo de la novia debía cambiar de manos. El ramo de la novia ha
sido símbolo de buena suerte desde la Edad Media. Las manos de la afortunada se
harían a la suerte de ser las próximas en ser llevadas al altar.
Como siempre, el universo juega con ironía y las solteras
quedan desilusionadas. El ramo ahora pertenece a la soltera que menos quería
ser su dueña. Lo que fue ha dejado de ser y se ha convertido en la esperanza de un futuro luminoso para una joven que, posiblemente, lucirá orgullosa su propio ramo de novia.
Muchos éxitos a la nueva pareja.

